Como decíamos ayer, este verano he pasado unos días de asueto y ocio (¡viva!) en la ciudad de la luz, la de los preciosos puentes, la más romántica del mundo, la ciudad que bien vale una misa, la ciudad donde una cocacola y un café te cuestan 9 euros, y en resumen, la ciudad poseedora de todos estos tópicos y más: París.
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Podría aburriros contando los pormenores del viaje, a modo de “París Calling” como algunos han querido llamar, pero no, no voy a hacerlo. De entre todo lo destacable de París, sólo voy a narrar una cosa:
Los Cementerios.
En París hay 3 y resultan de lo más curioso, puesto que son atracciones turísticas tan visitadas (por los vivos, claro, los otros no tienen más remedio) como el Arco del Triunfo, la Saint Chapelle o los sex-shops de Pigalle. Tanto es así que a la entrada, puedes conseguir (gratis) un mapa con listado de enterrados ilustres y su punto de localización exácto. ¡Así da gusto! Además, es un mapa fácil de mantener actualizado: mover, no se van a mover mucho…
Y diréis… ¿tan morboso es Galahan que va de visita a los cementerios de cabeza? Pues sí y no. A ver, yo, morboso, mucho. Creo que eso ya se sabe. Pero lo que más me tiraba a visitar los cementerios era una mezcla de “rendir homenaje” al muerto de turno y pasear por un alegre jardín (sí, se que suena contradictorio) viendo monumentos de todo tipo. Fúnebres, sí, pero monumentos, oye.
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El primero a visitar fue el Cementerio de Père-Lachaise, que se pronuncia… muy mal, la verdad. Pero bueno, que está bien indicado y llegas sin tener que molestar a nadie (y dentro menos). Es el más grande de París y a su vez, el que más famosos alberga por metro cuadrado. De hecho, hasta podríamos decir que es el que tiene los famosos más famosos de los tres cementerios de famosos de París.
El tema es que antes del XIX había un cementerio tocho en París, pero al quedar cercado por viviendas y gozar de una salubridad digna de la edad media, decidieron desacerse de él (acabaron todos en las catacumbas, deshuesados) y abrir otros cementerios en las afueras, como el que nos ocupa. Para atraer a la clientela (y que no protestaran con “es que morirse ya no es lo que era”) empezaron a llevar tumbas de famosos y de ahí que haya esa gran concentración de “Death Stars” en el lugar.
Nosotros entramos por una puerta lateral y fuimos en busca del mapa, cuando un hombre que entraba justo antes tropezó con un escalón. Iba a llenar la regadera de agua en una fuente y casi se da de morros contra un par de tumbas. Al final pudo sujetarse, pero estuvo a punto de ser el primer muerto famoso de nuestra visita..
Este cementerio es inmenso y da para sus buenas horas si uno se pone pesadito y quiere verlo todo, pero para que os hagáis una idea de las tumbas famosillas y sus aspectos, os hago un recorrido por algunas de ellas:
Chopin.

Moliere.

Oscar Wilde, llena de besos (y su correspondiente carmín) de admiradoras…

De hecho está tan llena de besos (cada poco la limpian) que alguno le cayó al tipo de al lado.

Y sin duda, la más visitada. La de Jim. ¡Jim Morrison! (Sí, está muerto…).

Aunque esperas una tumba currada, te encuentras este hoyo simple con placa. Qué le vamos a hacer. Eso sí, los visitantes están al nivel que toca y dejan en ella baquetas de batería (¿?), flores y… un preservativo. Sin usar, eso sí.
Tras un rato en la tumba, recibiendo las energías psíquicas de Morrison y su peyote, tuvimos una revelación especial… ¡apareció el espíritu de Jim!
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Estaba asombrado todavía, cuando, de pronto, sentí que debía dirigirme a él y tuvimos un breve diálogo…

Yo: ¡Espíritu de Jim! ¡Ilumíname! ¡Márcame con tu poder psicodélico!
E.J: ¿Qué? Si quieres te meo y te marco con el orín, pero poco más, eh majo… Anda, déjame en paz.
Yo: ¿Y no traes un mensaje? ¿Una enseñanza?
E.J: Puf… qué perezón. Sí, mira ¿ves esa tumba de chinos?

Yo: Sí. ¿Y?
E.J: Pues que ya ves. Que sí que hay chinos en los cementerios. A ver si acabáis ya con la tontería esa de los restaurantes orientales, de que no hay gatos alrededor y que no entierran a los chinos: hay gatos y hay cadáveres chinos. Ahora vete a contarlo y pasa de mi…
Yo: Ah. Bueno eso está bien pero.. ¡dime algo más, dime algo sabio!
E.J: Joer, que pesao. A ver… ¿This is the end?
Yo: ¡Sabía que eras tú!
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Otro ilustre habitante del cementerio es el señor Víctor Noir. Un jovenzuelo que murió en un duelo (hala, pareado para el tío) con un sobrino de Napoleón y del que el escultor hizo leyenda al proporcionarle reposo a su alma pero no a su cuerpo… como podemos observar.

Vamos, que el hombre está dotadito, dotadito, para haberla palmado. La leyenda cuenta que las mujeres, si se restriegan salvas sean sus partes por las frías (pero calenturientas) de Noir, quedarán embarazadas fácilmente. Aunque parezca mentira, son muchas las mujeres que lo hacían (y lo hacen) y podemos ver la prueba en el desgaste de la zona… Eso sí, del desgaste de la boca y la naríz prefiero no pensar nada.
Justo cuando estábamos viendo la tumba, un grupo de cuatro mujeres se acercaba sigilosamente. Nos apartamos con disimulo fingiendo buscar otras tumbas y, efectivamente, vimos como se dirigían a la lápida esculpida… y lanzaban risitas. Y porque estábamos cerca, que si no el Noir no se libra de un refriego más.
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Aun así, pese a que muchos otros famosos requerían nuestra atención (Méliès, Proust, Edith Piaf, Beckett, Sarah Bernard, Balzac, Bizet, Apollinaire, Abelardo y Eloísa, Puccini… Ver más aquí), nosotros, grandes investigadores, descubrimos otros secretos que el cementerio de Père-Lachaise guardaba. Nada más y nada menos que la casita de… ¡esta familia!

Sí amigos. ¡Los Munster! Ahí se encontraban viviendo, tan tranquilos, tras su retirada del mundo televisivo. Lo que nunca entendí es por qué no la sitúan en el mapa de famosos… supongo que no quieren que les molesten.
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Aunque para molestos, supongo que lo estarán con los pensamientos de cada visitante español del cementerio los ocupantes de esta tumbita familiar . Con ustedes, la joya del cementerio. El lugar donde una familia es imposible que descanse en paz. El destino final de la muy honorable familia…

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